Más allá de los discursos y el reconocimiento verbal: por qué el verdadero cambio exige repartir las cargas invisibles, los cuidados y el poder desde el hogar hasta la empresa.
Por Claudia Benitez
HoyLunes – El martes 13 de octubre no se trata solamente de parar. Se trata de hacer visible todo aquello que nunca debería haber sido invisible.
Hay una pregunta que me ronda desde hace días: ¿cuánto tiempo tardaría el mundo en darse cuenta de todo lo que hacemos las mujeres si, de repente, dejáramos de hacerlo?
No hablo únicamente de las mujeres que salen cada mañana a trabajar, que dirigen empresas, que emprenden, que toman decisiones o que luchan por hacerse un lugar en espacios donde todavía tienen que demostrar un poco más que los demás.
Hablo también de las que organizan la vida de una familia sin que nadie se lo haya pedido expresamente. De las que recuerdan las citas médicas, preparan las comidas, cuidan a los hijos, acompañan a los padres, escuchan, resuelven, anticipan y sostienen. De las que llegan al final del día con la sensación de no haber parado ni un segundo y, aun así, sienten que todavía les queda algo por hacer, ese trabajo que no siempre figura en una nómina, que rara vez aparece en un currículum y que, sin embargo, permite que tantas otras cosas funcionen.
Porque hay trabajos que se pagan y trabajos que simplemente se dan por hechos. Y la mayoría de las veces, detrás de estos últimos, hay una mujer.
Un día para dejar de ser imprescindibles en silencio
El próximo martes 13 de octubre, el movimiento internacional World With Women propone algo tan sencillo de explicar como difícil de ignorar: Las mujeres que pueden hacerlo pararán durante 24 horas sus actividades profesionales y privadas.
No para desaparecer. No para renunciar a nada. Mucho menos para demostrar que pueden vivir sin el mundo.
Precisamente para demostrar cuánto depende el mundo de ellas.
La propuesta tiene algo de incómodo. Y quizá ahí reside buena parte de su fuerza. Porque estamos acostumbrados a celebrar los avances, a reconocer el talento femenino y a compartir mensajes sobre el poder de las mujeres.
Pero ¿qué sucede cuando esas palabras dejan de ser un discurso y nos obligan a mirar de frente cómo vivimos, cómo trabajamos y cómo repartimos las responsabilidades?
¿Qué sucede cuando una mujer no está disponible para resolverlo todo?
¿Quién prepara la cena? ¿Quién recoge a los niños? ¿Quién se acuerda de lo que falta?
¿Quién cuida a quien necesita cuidados? ¿Quién hace ese trabajo invisible que, cuando está hecho, parece que nunca hubiera requerido esfuerzo?
Quizá ese día descubramos que muchas de las cosas que llamamos normales son, en realidad, el resultado del trabajo constante de alguien a quien no siempre hemos aprendido a mirar.
No queremos que nos aplaudan. Queremos que cuente.
Hay algo que me parece esencial en esta conversación: las mujeres no necesitamos que se nos conceda un día de reconocimiento para seguir sosteniendo el resto del año aquello que la sociedad necesita.
Tampoco necesitamos más elogios por nuestra capacidad de llegar a todo.
Porque hemos convertido esa capacidad en una expectativa. Ser resolutivas, fuertes, organizadas, disponibles. Poder con el trabajo, con la familia, con las emociones propias y ajenas. Encontrar tiempo para los demás y aprender a vivir con la sensación de que el tiempo para nosotras siempre puede esperar.
Y cuando una mujer consigue hacerlo todo, la admiramos.
Pero pocas veces nos detenemos a preguntar por qué tenía que hacerlo todo ella.
La igualdad no consiste en que las mujeres aprendan a soportar más. Consiste en que no tengan que cargar solas con lo que nos corresponde compartir.
No se trata de sustituir una obligación por otra ni de convertir a los hombres en espectadores de una reivindicación femenina. Al contrario. World With Women invita también a los hombres a tomar el relevo, especialmente en el ámbito doméstico y familiar.
Una sociedad más igualitaria no se construye pidiendo a las mujeres que sigan demostrando su fortaleza. Se construye cuando dejamos de confundir su fortaleza con nuestra comodidad.
Parar también es una forma de hacerse escuchar
La historia nos recuerda que una interrupción colectiva puede abrir preguntas que durante años permanecieron en segundo plano. En Islandia, en 1975, cerca del 90 % de las mujeres participaron en una jornada en la que dejaron de trabajar y de asumir buena parte de sus tareas domésticas. Aquel día se convirtió en un símbolo de la fuerza social y económica del trabajo de las mujeres.

Más de medio siglo después, la pregunta sigue siendo pertinente.
El martes 13 no todas podremos parar. Algunas no tendrán esa posibilidad por sus empleos. Otras estaremos cuidando a personas que no pueden abandonarse. Habrá mujeres para quienes dejar de trabajar un día implique una pérdida económica que no pueden permitirse.
Y conviene decirlo: una movilización por el reconocimiento de nuestra labor, también debe tener en cuenta esas realidades.
Participar no debería convertirse en una nueva exigencia sobre los hombros de las mismas mujeres a las que se pretende liberar de ellas. Cada una de nosotras tendremos que encontrar la manera posible de hacernos presentes y quienes puedan facilitar el relevo tendrán una responsabilidad concreta. Pero incluso quienes no puedan detener, pueden participar en la conversación, compartir el mensaje, cuestionar los hábitos adquiridos y empezar a repartir de otra manera las tareas que hasta ahora parecían tener una dueña natural.
Porque el objetivo no es que el mundo se detenga para siempre.
Es que, cuando vuelva a ponerse en marcha, no lo haga exactamente de la misma manera.
¿Y después del 13 de octubre?
Esta es, para mí, la pregunta más importante.
Porque un día de movilización puede llamar la atención. Puede incomodar, reunir personas, generar conversaciones y poner una realidad delante de nuestros ojos. Pero el respeto no se consigue en 24 horas. Se consigue en las decisiones que tomamos el día 14.
En los hogares donde las responsabilidades dejan de asignarse automáticamente a las mujeres. En las empresas donde el talento no tiene género y la conciliación no se interpreta como una concesión. En los espacios de poder donde las mujeres participan de verdad en las decisiones. En las organizaciones que convierten sus compromisos en medidas concretas.
Y también en las pequeñas escenas cotidianas que rara vez aparecen en los titulares: quién pide la cita, quién organiza las vacaciones, quién renuncia a una oportunidad profesional, quién cambia sus planes cuando alguien necesita ayuda y quién se da cuenta de que hay algo pendiente antes de que nadie tenga que pedirlo.
La igualdad también vive ahí.
Quizá por eso el movimiento WWW merece algo más que una publicación compartida en redes sociales. Merece que nos hagamos preguntas, que revisemos nuestras costumbres y que entendamos que la participación de las mujeres no puede limitarse a estar presentes. También significa contar con ellas, escucharlas y compartir con ellas las responsabilidades y el poder.
Que se note nuestra ausencia. Pero, sobre todo, que cambie nuestra presencia.
El martes 13 de octubre, algunas mujeres pararán. Otras no podrán hacerlo. Algunas participarán en las movilizaciones y otras encontrarán su manera de apoyar la iniciativa desde donde estén.
Lo importante es no perder de vista el mensaje que hay detrás de este gesto: las mujeres no somos un complemento del mundo. Somos parte esencial de su funcionamiento, de sus decisiones y de su futuro.
Y no deberíamos tener que desaparecer durante un día para que nuestra contribución sea reconocida.
Pero si parar sirve para que miremos mejor las labores cotidianas y las repartamos de otra manera; que dejemos de dar por sentado lo que tantas mujeres hacemos cada día, entonces quizá esa pausa se llene de sentido.
Porque no se trata de demostrar que sin las mujeres nada funciona.
Se trata de construir un mundo en el que no tengamos que sostenerlo todo para que funcione.
El 13 de octubre, la pregunta no es solamente qué pasaría si las mujeres paramos de laborar. La pregunta es qué estamos dispuestos a cambiar para que, cuando volvamos a ponernos en marcha, no continuemos ‘a cargar con todo’.
